Mi primera comunión
Me vestí, recuerdo que mi madre me obligaba pero a decir verdad, yo no tenía intención alguna de ir, el simple hecho de acudir a la iglesia se sentía como castigo. Terminé de bañarme y perfumarme. Tenía que cuidar mi aseo, ustedes saben —para un pueblo ir bien presentable con el señor cura siempre ha sido regla de oro—. Era domingo y el calor estaba peor que nunca. Tuve que usar pantalones largos y oscuros. Ponerme una camisa blanca recién lavada, debía combinar mi atuendo con el de mi madre. Me negaba. Había estado evitando el martirio de repetir el padre nuestro con todos los demás. Cepillé mi cabello y ajusté mi moño a la garganta. Pulí mis zapatos y perfume mis orejas. Mi madre portaba uno de esos vestidos negros y largos en señal de aceptación a ser sumisa. La misa comenzó y el bullicio atormentaba las puertas de el templo sagrado. Siempre había odiado correr lo odie desde antes de nacer, pero esta vez er...